Hoy he entregado el manuscrito de mi nueva novela.
He escrito una palabra breve —FIN— al final de la última página y, sin embargo, no siento exactamente que algo haya terminado. Más bien tengo la sensación de haber salido lentamente de un lugar en el que llevaba demasiado tiempo viviendo.
Hay historias que una escribe desde cierta distancia. Otras, en cambio, acaban instalándose dentro de una misma. Ocupan el pensamiento incluso cuando no estás escribiendo. Aparecen mientras caminas por la calle, mientras lees una noticia, mientras intentas dormir o durante conversaciones aparentemente ajenas al libro. Permanecen en silencio, pero nunca desaparecen del todo.
Esta novela ha sido así.
Una historia muy distinta a mi anterior libro. Distinta en la forma de escribirla, en la relación emocional que he establecido con ella y también en el desgaste que implica sostener durante años una historia atravesada por la memoria, la violencia, el miedo y la resistencia humana.

He pasado mucho tiempo investigando. Leyendo testimonios, recorriendo lugares, tomando notas, reconstruyendo escenas, intentando comprender emocionalmente a personajes que habitan contextos extremos. Pero en algún momento comprendí que documentarse no basta. La verdadera dificultad aparece cuando una intenta transformar toda esa información en algo vivo. En personajes que respiren. En silencios que pesen. En escenas capaces de contener contradicción, fragilidad y verdad humana.
Escribir una novela larga tiene algo de convivencia. Los personajes dejan de ser únicamente personajes. Se convierten en presencias. Algunas veces incómodas. Otras dolorosas. Otras profundamente queridas. Hay días en que avanzan contigo y otros en que parecen resistirse a ser comprendidos.
Y quizá esa ha sido una de las grandes diferencias respecto a otros proyectos anteriores: esta vez no he sentido que estuviera construyendo únicamente una historia, sino atravesando también un proceso personal y creativo mucho más complejo.
Con el tiempo he entendido que escribir no consiste solo en encontrar palabras hermosas o una buena estructura narrativa. Es, sobre todo, aprender a permanecer dentro de la duda. A aceptar la lentitud. A reescribir. A cortar escenas que amas. A soportar la incertidumbre de no saber todavía si aquello que intentas contar llegará realmente a existir de la forma que imaginas.
Ahora empieza otra etapa. La distancia. La lectura editorial. La espera. El difícil ejercicio de soltar un mundo en el que has vivido tanto tiempo.
Y quizá por eso hoy, después de escribir FIN, lo que siento no es euforia. Es algo más silencioso.
Algo parecido al vacío que queda cuando una historia deja de suceder únicamente dentro de ti y empieza, por fin, a pertenecer también a los demás.




